Se encuentra en medio de una pequeña zona abierta, bordeada por tres calles distintas.
-No dijo en qué calle debía esperar- comentó Harry preocupado.
Se quedaron en Hebron Road. Los coches pasaban de largo. Empezaba a oscurecer, y pronto resultó difícil ver el tránsito con claridad.
Un Peugeot avanzó en dirección a ellos.
-Creo que es azul- señaló ella.
Era gris, pero pasó de largo. Lo mismo hicieron unos cuantos más.
Pocos minutos después de las ocho, surgió un coche de la oscuridad, como si fuera una aparición. Harry supo lo que era cuando vio el tubo de escape en forma de cuerno de carnero, pero le resultó difícil de creer. El coche frenó junto al bordillo. En los asientos delanteros viajaban dos hombres. Descendió uno de ellos, menudo y con bigote.
-¿Señor Hopeman?
-Sí.
El hombre miró a Tamar.
-Señor, nos dijeron que vendría solo.
-Está bien. Ella viene conmigo.
-Si, señor- respondió el hombre con vacilación. Abrió la puerta trasera. Harry pensó que sería más acertado decir que el exterior era de color perla. Dejó que Tamar pasara primero y luego se instaló en la suave tapicería, una especie de gamuza de color castaño.
La puerta se cerró con un ruido sordo y se alejaron impulsados por el sereno motor del que tanto había oído hablar.
Había un armario refrigerado al alcance de la mano. Contenía agua, pero nada de vino ni licor; tal vez Mehdi era un musulmán practicante. Había fruta y queso, y Harry se arrepintió de haberse esforzado en comer el bocadillo de pollo en el hotel.
Cogió el cubo acústico. A través del cristal que separaba los asientos vio que el hombre que iba sentado junto al conductor se enderazaba y prestaba atención.
-¿Señor?
No parecían árabes.
-¿Cómo se llama?- le preguntó Harry.
-¿Mi nombre? Soy Tresca, señor.
-¿Tresca? ¿Es un nombre griego?
El hombre lo miró fijamente.
Harry sonrió
-Tresca. ¿Me equivoco o este automóvil es un Duesenberg modelo SJ?
La sonrisa del hombre mostró sus dientes blancos.
-No se equivoca, señor- le aseguró.
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