7.28.2010

El Diamante de Jerusalén VII

Casi una hora después de que él estuviera hastiado de ver kilómetros y kilómetros de maravillosa playa, el autobús se detuvo en un chalet. El guía les dijo que podían disfrutar del agua durante dos horas. El primer piso de la casa estaba cerrado con llave y era inaccesible, pero en la planta baja había dos tocadores y un cuarto de baño con instalación sanitaria. Harry llegó a la playa antes que Tamar y se zambulló, se desvanecieron la fatiga, la irritación y el agarrotamiento. Se alejó nadando, feliz de poder estirar los músculos, y luego giró y se mantuvo a flote mientras observaba la casa como a través de un gran angular; era sólida y blanca y tenía techo de tejas. De no ser por el guardia armado, habría encajado perfectamente en un suburbio de Florida. No era el tamaño ni la arquitectura lo que la volvía impresionante, sino el hecho de que estaba sola; su propietario tenía un reino vasto y exclusivo de desierto y océano. Dos de los soldados israelíes, con las armas preparadas, estaban de pie en un patio de piedra que daba al mar. Gritaban y le hacían señas para que volviera, como los vigilantes que silvan a los adolescentes para que salgan de la zona más profunda.


Regresó nadando lentamente, disfrutando del agua. El grupo de turistas era una muestra de contrastes. Las chicas del grupo  de estudiantes mostraban su cuerpo joven y firme en biquini, y chapoteaban. La anciana israelí llevaba una bata desteñida que le quedaba grande, y un sombrero de explorador de miraguano. Se puso en cuclillas hasta que el agua le llegó al cuello, y se balanceó como si estuviera soñando, como Harry recordaba que hacían las viejas en Coney Island.

Tamar, que llevaba un traje de baño negro, estaba estirada de espaldas, en la orilla. Harry se tendió a su lado y apoyó la cabeza en el muslo brillante y moreno. El sol caía a plomo y el agua caliente formaba espuma alrededor de ellos.

7.26.2010

El Diamante de Jerusalén VI

Ahora se encontraba solo y desprotegido, y pasó horas observando este diamante amarillo, como había examinado la piedra triangular más pequeña con su tío y su primo. 


Abrió puntos de observación en la dura piel, como Lodewyck le había enseñado. Las profundas ventanas españolas que tenía a sus espaldas permitían que la luz penetrara en la piedra, pero no era suficiente, de modo que la levantó delante de las llamas de un guro de doce velas hasta que le tembló la mano. 


Mirarla era como sumergirse en  un sueño, un mundo de brillantez en el que estallaba una infinidad de llamas. Pero la dorada belleza terminaba en una nube tan pronunciada que al verla lanzó una exclamación. La cálida claridad amarilla se volvía blanca, y cerca de la base del diamante el color lechoso se tornaba oscuro y horrible. La imperfección era importante y le preocupaba, pero su responsabilidad sólo tenía que ver con el aspecto exterior: la forma y el labrado en facetas. Para conseguir una forma graciosa, tenía que eliminar los desniveles de la piedra. Examinó la veta como si el diamante fuera un trozo de madera, trazando líneas de tinta a lo largo de los sitios que soportarían un corte. 

7.13.2010

El Diamante de Jerusalén V

Tamar le sonrió.

-Muy práctica.

-Entonces no te preocupes por las responsabilidades.

-Nada de ortografía ni de gramática- añadió ella. Se acercó a él y lo besó suavemente en el momento en que aparecieron tres hombres con palas, seguidos por un cuarto hombre que empujaba una carretilla cargada de plantones de plátanos. Intercambiaron saludos amistosos. Tamar le sonrió a Harry con expresión inocente.

Mientras caminaban hacia el coche, él admiró las hermosas palmeras datileras.

-Eso es lo que significa tu nombre.

-Sí, tamar, la palmera. Hace mucho tiempo este sitio se llamaba Hazazon-Tamar, que significa donde podan la palmera. Cuando estudiaba geografía, no tenía problemas para recordarlo. Pensaba en él como el sitio en el que me cortaban el pelo.

Detestaba marcharse del oasis. Condujo lentamente de regreso a Masada, bajo el calor sofocante. Esperaba que Mehdi no hubiera llegado mientras ellos estaban ausentes. Después no le importó. El hombre se estaba convirtiendo rápidamente en una abstracción; ya no estaba seguro de que Yosef Mehdi existiera.

7.04.2010

El Diamante de Jerusalén IV

Al cabo de unos minutos alguien se le acercó:

-¿Guía, señor? ¿Vía Dolorosa y las iglesias? Siete libras.

El guía era un árabe que ya llevaba cinco personas a remolque. Harry le pagó las siete libras y siguió a una familia francesa -la madre, el padre  y una hija adolescente- y a dos jóvenes norteamericanos a los que la hija dedicaba miradas furtivas. La primera estación del Vía Crucis, donde Jesús fue sentenciado a muerte, era ahora una escuela primaria. El guía les enseñó las huellas, grabadas en las losas, de los juegos habituales entre los soldados romanos.

Pasaron la segunda estación, donde Jesús recibió la cruz, y la tercera y la cuarta, donde el prisionero cayó y encontró a su madre desfalleciente. La cuarta estación era una iglesia armenia. Desde ella llegaba una procesión de sacerdotes.

-Todos los viernes a esta hora de la mañana- explico el guía - sacerdotes de todo el mundo, invitados por los franciscanos y por los metropolitanos ortodoxos rusos de Jerusalén, representan la crucifixión de Nuestro Señor.

"Fíjense en los diferentes trajes; cada uno corresponde a una orden religiosa diferente. Los dos caballeros de sotana blanca y solideo blanco son abades cistercienses, más comúnmente conocidos como trapenses. Los que van vestidos de gris son franciscanos. El de azul es un capuchino. El clérigo del capelo cardenalicio es un cardenal que se encuentra de visita.

Había además un sacerdote que llevaba zapatos y traje tropical blancos y peto negro, y varios con traje de calle negro.

El sacerdote que iba cargado con la pesada cruz interpretaba su papel demasiado bien. Tropezaba, y estuvo a punto de caer. Mientras se tambaleaba, se volvió. Tenía el rostro tan arrebatado por el esfuerzo, que por un instante Harry no lo reconoció.

Entonces supo sin ninguna duda quién era. Dio un paso hacia la procesión.

-Peter.