Ahora se encontraba solo y desprotegido, y pasó horas observando este diamante amarillo, como había examinado la piedra triangular más pequeña con su tío y su primo.
Abrió puntos de observación en la dura piel, como Lodewyck le había enseñado. Las profundas ventanas españolas que tenía a sus espaldas permitían que la luz penetrara en la piedra, pero no era suficiente, de modo que la levantó delante de las llamas de un guro de doce velas hasta que le tembló la mano.
Mirarla era como sumergirse en un sueño, un mundo de brillantez en el que estallaba una infinidad de llamas. Pero la dorada belleza terminaba en una nube tan pronunciada que al verla lanzó una exclamación. La cálida claridad amarilla se volvía blanca, y cerca de la base del diamante el color lechoso se tornaba oscuro y horrible. La imperfección era importante y le preocupaba, pero su responsabilidad sólo tenía que ver con el aspecto exterior: la forma y el labrado en facetas. Para conseguir una forma graciosa, tenía que eliminar los desniveles de la piedra. Examinó la veta como si el diamante fuera un trozo de madera, trazando líneas de tinta a lo largo de los sitios que soportarían un corte.
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