Al cabo de unos minutos alguien se le acercó:
-¿Guía, señor? ¿Vía Dolorosa y las iglesias? Siete libras.
El guía era un árabe que ya llevaba cinco personas a remolque. Harry le pagó las siete libras y siguió a una familia francesa -la madre, el padre y una hija adolescente- y a dos jóvenes norteamericanos a los que la hija dedicaba miradas furtivas. La primera estación del Vía Crucis, donde Jesús fue sentenciado a muerte, era ahora una escuela primaria. El guía les enseñó las huellas, grabadas en las losas, de los juegos habituales entre los soldados romanos.
Pasaron la segunda estación, donde Jesús recibió la cruz, y la tercera y la cuarta, donde el prisionero cayó y encontró a su madre desfalleciente. La cuarta estación era una iglesia armenia. Desde ella llegaba una procesión de sacerdotes.
-Todos los viernes a esta hora de la mañana- explico el guía - sacerdotes de todo el mundo, invitados por los franciscanos y por los metropolitanos ortodoxos rusos de Jerusalén, representan la crucifixión de Nuestro Señor.
"Fíjense en los diferentes trajes; cada uno corresponde a una orden religiosa diferente. Los dos caballeros de sotana blanca y solideo blanco son abades cistercienses, más comúnmente conocidos como trapenses. Los que van vestidos de gris son franciscanos. El de azul es un capuchino. El clérigo del capelo cardenalicio es un cardenal que se encuentra de visita.
Había además un sacerdote que llevaba zapatos y traje tropical blancos y peto negro, y varios con traje de calle negro.
El sacerdote que iba cargado con la pesada cruz interpretaba su papel demasiado bien. Tropezaba, y estuvo a punto de caer. Mientras se tambaleaba, se volvió. Tenía el rostro tan arrebatado por el esfuerzo, que por un instante Harry no lo reconoció.
Entonces supo sin ninguna duda quién era. Dio un paso hacia la procesión.
-Peter.
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